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Seguir comprandoGrinder cerámico o de aluminio
Casi ningún grinder cerámico es cerámica: es aluminio con una capa antiadherente que se gasta. Lo que decide cuánto aguanta está debajo de ese acabado.
Pregunta en un club por un grinder cerámico: media sala cree que compra cerámica maciza y la otra media cree que el cerámico corta mejor. Las dos cosas son falsas, y aclarado eso elegir es bastante sencillo.
Cerámico casi nunca es cerámica
Pesa un grinder de 55 mm de los que se venden como cerámicos: entre 120 y 160 g. Un cuerpo macizo de cerámica técnica pesaría bastante más y sería frágil, el primer golpe contra el canto de la mesa lo deja en tres trozos. Lo que tienes entre manos es un cuerpo de aluminio mecanizado con un recubrimiento antiadherente de base cerámica, la misma familia que el de una sartén, aplicado en una capa de pocas micras.
Ese recubrimiento hace una cosa bien: la resina se agarra menos a la pared y a la rosca, y el grinder gira suave más tiempo. Y hace otra mal: es una capa sacrificable. Con el uso, el filo de los dientes y la zona de rosca pierden recubrimiento y asoma el aluminio. No es peligroso, pero a los dos años ya no tienes un grinder cerámico, tienes uno de aluminio con manchas.
Anodizado decente frente a zamak de expositor
La conversación de verdad es el metal de debajo: aluminio mecanizado en CNC y anodizado, con una capa de óxido de 10 a 25 micras, frente a zamak, una aleación de zinc inyectada en molde que es lo que llevan los de pocos euros del expositor de gasolinera.
El zamak se distingue a ojo. Pesa más de lo que debería para su tamaño: unos 6,6 g/cm³ frente a los 2,7 del aluminio. Los dientes tienen rebaba porque salen de una fundición, no de una fresa. Y la rosca raspa en vez de deslizar. Ese raspado son micropartículas de metal cayendo a la cámara. Extiende sobre papel blanco el molido de un grinder barato con seis meses encima y a contraluz verás los puntos brillantes; el truco del imán no vale, ni el zinc ni el aluminio son magnéticos. Un cuerpo anodizado en condiciones no suelta nada, porque la capa de óxido es más dura que el propio metal.
Dientes de diamante o dientes rectos
El diente de diamante, piramidal y con cuatro caras, cizalla la fibra. Un 50 mm decente monta entre 45 y 60 dientes. El corte sale homogéneo, tirando a medio, y eso es lo que quiere un vaporizador de convección entre 180 y 195 °C: aire atravesando material suelto de tamaño parejo.
El diente recto, o de clavo, desgarra en lugar de cortar. Deja hebras largas y, a la vez, más polvo fino. En un vaporizador de conducción a 190-210 °C ese polvo se apelmaza contra la pared de la cámara, se tuesta en los puntos calientes y da la primera calada a palomitas quemadas que todo el mundo le achaca al aparato. Casi siempre es el molido.
Dos, tres o cuatro partes y qué diámetro
De dos partes: muelo y uso, lo que le pides a un llavero. De tres: añade cámara de recogida, el molido cae y no se queda apelmazado entre los dientes. De cuatro: suma tamiz, normalmente malla en torno a 100-150 micras, y un plato inferior para el kief.
El tamiz compensa si mueles a diario. Con tres o cuatro molidas al día, el plato inferior da algo aprovechable en unas semanas. Si mueles solo el fin de semana, en un año tendrás una película gris pegada al plato que no llega ni para un cigarro, y habrás cargado con más de un centímetro de altura y dos roscas más que se atascan. Quien no vaya a esperar, con tres partes va sobrado.
El diámetro manda en la ergonomía. De 40 a 50 mm es medida de bolsillo: una molida para uno o dos y se gira con dos dedos. De 62 mm hacia arriba es medida de mesa: entran un par de gramos, giras con la palma entera y la muñeca lo agradece. Los de 100 mm sirven para preparar cantidad de una sentada, no para llevarlos encima.
El antiadherente se limpia en seco
Aquí está el error más caro. El remojo repetido en isopropílico degrada el recubrimiento: al primer baño no se nota, pero a los pocos la capa se vuelve mate, se cuartea y empieza a desprenderse en escamas. Un grinder con recubrimiento se limpia en seco: 20 minutos en el congelador, golpe firme sobre la mesa y cepillo de cerdas duras o pincel rígido. Nada de remojo.
El aluminio anodizado desnudo sí admite alcohol: isopropílico al 99 %, entre 20 y 30 minutos, cepillo, aclarado y secado completo antes de volver a roscar. Lo que no admite ninguno de los dos es el lavavajillas. El detergente alcalino ataca el anodizado y deja el aluminio gris y poroso en un par de ciclos.
Cerámico es un acabado, no un material: lo que decide la vida del grinder es el aluminio que hay debajo.
Cuál coger según cómo mueles
Si mueles material resinoso y te saca de quicio que el grinder se agarrote, el recubrimiento cerámico te da uno o dos años de giro suave, a cambio de limpiarlo siempre en seco y de asumir que la capa se irá. Si lo que quieres es una herramienta que aguante años sin mirarla y te da igual tirar de alcohol cuando toque, aluminio anodizado, dientes de diamante, tres partes y 62 mm.
Lo que no conviene en ningún caso es bajar de unos 15 €: por debajo casi todo es zamak con pintura, y lo que suelta no se ve hasta que lo buscas.